Comenzó una nueva
edición de la Copa
del Mundo de fútbol, la número 18, acontecimiento que cada cuatro
años inexorablemente atrapa la atención de cientos de millones de
almas alrededor del planeta y mueve miles de millones de dólares. Desde
hoy una vez más, cuan modernos flautistas de Hamelin,
las banderas y los himnos nacionales-inventos gubernamentales que junto a
muchas causas religiosas han provocado más muertes que todas las
catástrofes naturales juntas-aglutinarán detrás suyo a enfervorizados simpatizantes.
Nuevamente, como acontece
también durante los juegos olímpicos y otros certámenes,
los nombres propios cederán en relevancia ante la nacionalidad. Ya no es
fulano o mengano quien obtuvo tal medalla o realizó tal magnifica
gambeta, sino el país “A” quien supera en el medallero a
“B” o el país “J” quien encabeza el Grupo
“X”. Al igual que en los sistemas colectivistas que cuando ponen en
acción su ingeniería social indefectiblemente el
“nosotros” viene a sustituir al vilipendiado “yo” ante
cada proyecto público que se pretende implementar, durante estas gestas
deportivas vemos también como la primera persona del plural lo avasalla
todo. “Ganamos”, “perdimos”, “vamos bien”,”goleamos”,
etc. son algunas expresiones mediante las cuales muchos individuos suelen
actuar sin moverse de la sala de estar de sus casas.
No es la intención criticar aquí a la saludable y recomendable
práctica de un deporte como el fútbol, sino a lo peor de ese
primitivo sentimiento nacionalista y tribal que, siempre latente, suele aflorar
ante conflictos bélicos o eventos como el que se avecina.
Parecería que estamos ante una guerra a ser librada por 32 naciones, de
las cuales solamente una de ellas saldrá airosa. Los disparos de mortero
o los misiles son reemplazados por tiros de emboquillada, penales y goles
“olímpicos” y las trincheras por barreras humanas, pero la
noción subyacente es siempre la misma: Se trata de otro país, de
gente distinta, con otro aspecto, idioma y costumbres, en definitiva de un
enemigo. Es exactamente el mismo principio por el cual, en otros planos, se
alzan muros fronterizos y se exigen pasaportes, se establecen barreras
comerciales y aranceles, y por el cual se habla de balanza comercial solamente
cuando los bienes pasan a través de una aduana y no cuando cruzan de
vereda en un mismo barrio.
Ni siquiera resulta
válido el argumento de que al tener cada región sus estilos y
características propias de juego, cabe entonces emplear la
metáfora del país como jugador. ¿A qué estilo
nacional se refieren?. De los 32 países
participantes en el certamen, 15 equipos (el 47%) están dirigidos por
entrenadores de otro origen. Arabia Saudita, Japón y Portugal cuentan
con técnicos brasileños; los equipos de Australia, Trinidad y
Tobago y República de Corea son dirigidos por holandeses; Costa de
Marfil y Túnez por franceses; Inglaterra-la cuna de ese
deporte-está a cargo de un sueco; México de un argentino; Togo de
un alemán, Irán de un croata; el
conjunto ecuatoriano es dirigido por un oriundo de Colombia; el de Paraguay por
un uruguayo y el de Ghana por un serbio. ¿Qué será
más relevante al momento en que cada uno de ellos imparta sus
directivas, el lugar de residencia actual o el que consta en su certificado de
nacimiento? Ello para no mencionar la circunstancia de que el grueso de los
jugadores oriundos de las regiones en desarrollo están
dispersos en su gran mayoría por equipos europeos.
Tampoco la
intersección de específicos paralelos y meridianos en el lugar de
nacimiento de los propios jugadores implica una estrecha relación con el
terruño al que representan. Apellidos como Bocanegra,
Ching, Mastroeni o Onyewu no parecerían haber sido compartidos por
alguien en la lista de los pasajeros que arribaron al Cabo Cod
en Massachusetts abordo del Mayflower
en 1620, y no obstante los mismos corresponden a integrantes del plantel
estadounidense. Tampoco Alessandro Santos suena como
un descendiente de la dinastía Meiji en el
Imperio del Sol Naciente y, sin embargo, jugará en la defensa del equipo
japonés. No son poco frecuentes las nacionalizaciones apresuradas antes
de algún torneo de esta envergadura para lograr así que
determinado jugador represente a un país en particular. Por caso, hasta
hace poco un jugador argentino con pasaporte comunitario gracias a su bisabuela
nacida en Croacia, se debatía entre representar durante el Mundial al
país que lo vio nacer o a la tierra de sus ancestros. Finalmente, no
integrará ninguno de los dos seleccionados y se conformará con
seguir transpirando la camiseta para Boca Juniors en
Buenos Aires.
He atestiguado
personalmente la angustia de aquel inmigrante que frente al televisor, en
ocasión de enfrentarse el conjunto de su país de origen con el de
su tierra adoptiva, sentía que la circunstancia de alentar a viva voz
frente a familiares, amigos y vecinos a uno u otro equipo se asemejaba a tomar
las armas a favor de uno de ellos durante una conflagración y a una acto
equivalente a la más abierta traición. Tampoco han sido ajenos a
este fervor patriotero los gobiernos que, cuan si se tratasen de brigadas de
mercenarios, en ocasiones ofrecen suculentos premios a su conjunto nacional
para motivarlos a lograr algún progreso deportivo.
Así como un mundo
libre de trabas al comercio y de distorsiones cambiarias artificiales,
tendería a tener un solo precio para un mismo producto, con el paso del
tiempo el mercado del fútbol se ha ido nivelando espontánea y
libremente y las diferencias en la manera de entrenarse y jugar se han ido
desdibujando hasta volverse casi imperceptibles. Hoy día, desmenuzar la
conformación de cualquier cuadro al azar se asemeja a la apertura de una
computadora para analizar sus partes. Veremos que hay decenas de componentes
con orígenes diversos y que el acto de estipular un “hecho
en…” constituye toda una arbitrariedad.
Es de esperar que
algún día este magnifico deporte, deje de tener otras
connotaciones que van más allá de un espectáculo en el que
11 profesionales excelentemente remunerados se enfrentan contra otros tantos
durante noventa minutos sobre una verdosa superficie. Que los mismos no sean
escogidos por compartir ese mero accidente que implica la nacionalidad, sino en
función de otros parámetros y que las parcialidades comprendan
que nada demasiado relevante está en juego. Entonces, la racionalidad
habrá dejado de perder por goleada.
Por ahora, simplemente, іque gane el mejor!