En
términos básicos, hay dos tipos de sociedades. En las libres,
donde la vida se gana trabajando a riesgo, es decir, en las que una persona (la
iniciativa privada) debe ofrecer lo que el público requiere o le sirva.
En la otra, es donde el Estado se erige árbitro final de las relaciones
sociales, y con su poder policial impone lo que considera “justo”.
Aquí para ganar, antes que servir a las personas, conviene que el
burócrata los favorezca, para lo cual o toman el poder político o
sobornan a los funcionarios.
Además, la imposición de lo “justo”, guste o no, por
la fuerza (policial), termina en que los más fuertes ganan y los
débiles pierden. De esta manera el Estado que favorece a los pobres es,
probablemente, la mentira más grande de la historia. El Estado,
coactivo, siempre favorecerá a los violentos.
Otro efecto negativo es que la eficiencia sólo se da, precisamente,
cuando las relaciones son voluntarias porque, entonces, las personas tienen la
posibilidad de maximizar sus beneficios (hacer más eficiente su trabajo)
al poder elegir, en cada momento, que acción tomar. Los países estatistas son pobres, mientras los más libres son
ricos.
Bolivia tiene grandes recursos naturales y, además, reservas de gas por
unos 52 trillones de pies cúbicos, la segunda de Latinoamérica y,
sin embargo, es el país más pobre de Sudamérica. Pero
según los teóricos del populismo, es pobre porque los extranjeros
robaron sus recursos y porque perdió su salida al mar. Sin embargo,
Suiza, con un territorio más pequeño que el boliviano,
también es una nación mediterránea y carece de recursos
naturales importantes. Pero, con 7.5 millones de habitantes posee un PIB de 40
mil dólares per cápita anuales.
Bolivia, cuenta con 8.8 millones de habitantes, mas tiene un PIB per cápita menor a mil 100 dólares anuales.
¿Cómo se toma el poder político en las sociedades estatistas? O por la invasión militar, como es el
caso de Fidel Castro en Cuba o ganando el poder en las urnas, por la vía
“democrática”, demagógicamente. La demagogia es cara,
porque trata de comprar voluntades, en particular las que tengan fuerza
militar. Así, demagógicamente, se impone Chávez con sus
petrodólares.
Evo Morales tiene el 79% de popularidad, 5 puntos más que hace un mes
cuando asumió la presidencia de Bolivia, según una encuesta
realizada a fines de febrero. Pero no comanda un ejército invasor ni
tiene dinero suficiente, de manera que los otros que quieren tomar el gobierno,
podrían lograrlo con poco esfuerzo. A menos que Evo desmantele esta sociedad
que depende del Estado y deje de tener atractivo el poder político. Lo
que, seguramente, no hará.
Felipe Quispe, líder boliviano del Movimiento
Indígena Pachacuti, ya declaró que Evo
“Se ha vendido y si continúa podemos asegurar que va a durar menos
que sus antecesores...” y para constancia recordó que si no se
perciben cambios, volverán a arreciar las protestas que derrumbaron a
los ex presidentes Gonzalo Sánchez de Lozada y
Carlos Mesa.
“Debíamos expulsar a Repsol, a Petrobras
y a todas las empresas extranjeras, pero parece que Morales se ha bajado los
pantalones ante Lula”, dijo Quispe. La empresa
estatal brasileña, con sus operaciones en petróleo y gas, produce
casi 20% del PIB boliviano. Para Quispe, Evo Morales
ha prometido “intensificar la erradicación de los cultivos de
coca, como quiere Washington”, y los indígenas no están
dispuestos a “permitir más interferencias de EU.”