La unificacion de las tradiciones culturales argetinas
Diana Ferraro
Escritora


No todos nuestros problemas son políticos. Muchos de ellos corresponden más a áreas de la experiencia común mal identificadas y, sobre todo, mal procesadas. Mientras que los políticos tienen como misión conquistar el poder para decidir sobre las reglas administrativas y organizativas del país y para conducir las relaciones internas y externas, el pueblo común debe, además de votar y participar allí donde le sea requerido en la toma de decisiones, ser consciente de sí mismo y de su propia historia y cultura  El proceso de unificación de los argentinos como pueblo capaz de avanzar hacia un futuro mejor sin retroceder, exige la aceptación de todas las tradiciones culturales y su unificación en una cultura nacional común. 

Los eventos nacionales, la experiencia de éstos y la reacción a los mismos lideran todos los procesos populares de avance y cambio y van creando sus propias tradiciones. Muchas veces estos procesos son acompañados por el correspondiente análisis y verbalización y unas pocas veces precedidos por éstos. Sin embargo, muchas otras veces, como en el caso de los procesos no comprendidos cabalmente y que tienden a estancarse y perpetuarse irresueltos en el tiempo, esos procesos no llegan a un nivel suficiente de conciencia que permita su resolución y el avance colectivo. En los últimos dos años, se ha popularizado la denominación otorgada por el periodista Jorge Lanata al más reciente proceso de división en la sociedad argentina, “la brecha”. La palabra ha quedado instalada y es usada a esta altura como un cliché. En dicha “brecha” se continúa oponiendo la mayoría de la sociedad moderada al kirchnerismo en descomposición,  pero, también y de paso,  abonando con interés político el recuerdo de divisiones más antiguas, peronismo-antiperonismo, peronismo-guerrilla izquierdista, peronismo-dictadura militar, peronismo- radicalismo, para sólo mencionar las categorías más recientes y significativas que continúan creando fuertes reacciones emocionales. Más allá de las luchas políticas, de los triunfos y las derrotas de cada bando político, puede observarse que cada una de estas tendencias políticas ha representado antes una tendencia cultural, es decir, un modo de entender la realidad y de proceder frente a ella, modo muchas veces compartido genuinamente por cientos, miles o millones de connacionales. Modos culturales, en definitiva, generados por las mismas personas, y que pueden o no gustar a unos o a otros, pero que, a la hora de mirar el total de la cultura argentina, es decir, de los modos de sentir y hacer de todos los argentinos, no se pueden ignorar y mucho menos suprimir.  

El problema a resolver, entonces, cada vez que se habla de “brecha” o divisiones, no es un problema político que se termina con la predominancia temporaria de una u otra, sino el de la difícil pero necesaria aceptación calma de la cultura común, reservando la belicosidad para la lucha política por el poder. La cultura común es.  Allí está, compuesta por el conjunto de tradiciones, pidiendo simplemente de cada uno de nosotros ser aceptada y reconocida como el conjunto variopinto de lo que somos como pueblo, con nuestros diferentes niveles de experiencia e interés. Diferenciar la cultura común de la lucha política nos ayudará a lograr una nación más madura, mucho más rica en la aceptación de su diversidad e infinitamente más potente en su capacidad de abrevar en distintas experiencias para encontrar nuevos caminos y soluciones como nación cada vez que sea necesario. 

La cultura común argentina requiere la unificación de todas las tradiciones culturales. Unificación no significa identificación personal con otras tradiciones fuera de la tradición personal, sino la simple aceptación de la existencia legítima de tal o cual tradición dentro del patrimonio cultural común. No hay brecha, hay pertenencia a distintas tradiciones, algunas mayoritarias, otras minoritarias, pero todas legítimas en tanto han sido generadas por nacionales. El enfrentamiento sucede cuando se confunde la legitimidad cultural con la lucha política y cuando se trata ya ni siquiera de que una tradición prevalezca y domine el conjunto—como debe obligatoriamente suceder en la lucha política—sino  que se persigue la desaparición de una tradición dentro del conjunto de la propia cultura. Por ejemplo, la brutal represión de la dictadura militar con la literal desaparición de personas, un grado cultural llevado mucho más allá de una legítima guerra contra la guerrilla.  

Así, si se supera la necesidad narcisística de que “mi” tradición se transforme en la tradición del conjunto, lo que se obtiene es una tradición compleja, multifacética, infinitamente más rica y con más opciones para los compatriotas, que pueden servirse de unas y otras para construir el presente del modo más conveniente, y programar el futuro de modo de acrecentar las tradiciones y no de secarlas, agotándolas. Un ejemplo positivo: superando los enfrentamientos del pasado, la mutua aceptación durante los años noventa del peronismo como movimiento social necesario y aceptable y del liberalismo económico como instrumento privilegiado para crear riqueza nacional.  No se trata de considerar a las tradiciones particulares en modo especialmente valorativo, ya sea este positivo o negativo, sino simplemente de aceptar a cada una de ellas como componente y parte de la cultura común e incluso usarlas en nuestro propio interés, como genuinas herramientas de progreso. Otro ejemplo positivo, el uso del asistencialismo populista de la izquierda peronista por parte del actual gobierno macrista como herramienta ocasional para lograr la paz social. 

De ese modo, la historia de la nacionalidad argentina y de su cultura dejarán de ser el campo de batalla traumático cultivado a lo largo de más de dos siglos, para transformarse en un legado común que no se discute sino que se acepta como el propio, el que el destino y el tiempo nos permitieron tener. Protestar en contra de la cultura común es tan improductivo como protestar contra nuestros genes, la cara que nos tocó o los padres que tuvimos. Somos eso. No se puede cambiar ni ser otros. Aunque sí se puede mejorar lo que somos por nacimiento y desarrollo. Uno de los rasgos esenciales de esa mejoría consiste en asumir el total de la historia como propio y el total de las tradiciones culturales como partes insoslayables de nuestra cultura común y, en tanto argentinos, de cada uno de nosotros.

Si somos nosotros, pero al mismo tiempo también los otros, ¿qué nos puede separar? La lucha política, pero esa es la historia superficial, no la de nuestra identidad profunda, la de nuestra alma como pueblo. Esa que, en definitiva, nos hace una nación.
 

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