Trump: la vacuna contra la desglobalizacion
Diana Ferraro
Escritora


La ola global de descontento con el Presidente de los Estados Unidos es muchas veces impulsada por criterios culturales progresistas que hubieran reaccionado de igual modo ante cualquier presidente republicano. Más aún ante el presidente Trump, con su retórica impulsiva, sus malos modales y una preferencia por conductas anticuadas, hace ya largo tiempo superadas por las élites comunicadoras, testigos vanguardia—en general—de los cambios culturales que más tarde o más temprano se producen en las sociedades a las que pertenecen. Menos visible es la ola de descontento en las empresas e instituciones financieras norteamericanas con despliegue multinacional, las que, bien o mal, han llevado a un progreso real en las condiciones de vida en infinitos países, incluyendo los Estados Unidos. La reacción práctica de éstas ante la campaña desglobalizadora aún no se percibe en su posible dimensión. 
 
Del hoy Presidente Trump, lo que importa no es la crítica cultural de sus convicciones, ni siquiera su tendencia al autoritarismo  infantiloide narcisista, sino su ignorancia acerca de y su desprecio profundo de la globalización y que hoy sea, justamente, la mejor expresión de una corriente subyacente en muchos países durante las largas décadas de la globalización: la tendencia a regresar a soluciones anti-mercado y nacionalistas ante las nuevas dificultades creadas por la integración industrial entre países y el libre comercio de bienes y servicios. Los argentinos hemos vivido exactamente este mismo proceso en los años posteriores a los globalizadores Menem-Cavallo, con la reacción del atrasado Duhalde y la posterior dogmatización de su proceso reaccionario a manos de ambos Kirchner.  
 
La propuesta del Presidente Trump es tan sencilla como antigua: priorizar la producción nacional, en especial en los sectores de energía, infraestructura, construcción y manufacturas menos competitivas, y desentenderse, por medio de altos impuestos, de la producción multinacional y del comercio multilateral. Regresando en el imaginario al próspero pasado posterior a la Segunda Guerra Mundial, negando la globalización como hecho irreversible, y sin la vocación ni la información necesaria como para, dentro de un legítimo espíritu de volver a hacer grande a los Estados Unidos de América, enfrentar los nuevos problemas de la globalización y analizarlos hasta resolverlos.  
 
Esta renuncia a la globalización es la principal diferencia entre quienes se imaginan y hasta sueñan con que puede ser un segundo Reagan y entre quienes con mayor lucidez ven al nuevo Presidente como la vacuna necesaria contra las recurrentes tendencias hacia la desglobalización. Hay que recordar, además, que dichas tendencias han sido fogoneadas tanto por la izquierda anticapitalista como por las derechas nacionalistas que nunca vieron con buenos ojos ni la globalización ni el predominio norteamericano como líder de esa globalización. De ahí las aparentemente inverosímiles alianzas o apoyos, locales e internacionales, que este nuevo presidente ha cosechado en sus primeras semanas como gobernante.
 
 Para valorizar al Presidente Trump, se insiste en decir que fue votado por una contundente mayoría de delegados y, si no por una mayoría popular, por una minoría importantísima y significativa de los estadounidenses, muchos cansados de los errores sin reformulación del ex-Presidente Obama, y otros, los menos, identificados con su ilusión de hacer grande a la Nación por medio de un regreso al pasado glorioso, el de  militares victoriosos y salvadores del mundo, el de una industria nacional que era la más competitiva del mundo, con norteamericanos en pleno empleo y crecimiento personal, muy pocos inmigrantes marrones y una población negra sin demasiados derechos. Esa minoría blanca, de clase obrera, media o alta, no legitima a Trump más que en el resultado electoral. En cambio, son legítimas sus preguntas angustiadas acerca de un país que ha dejado de crecer como debería y que no parece tener el éxito de antaño en el mundo, y,  por lo tanto, merece respuestas reales y un líder mejor formado y más adecuado a sus intereses profundos que los ayude a comprender el mundo moderno y a enfrentar sus desafíos, también legítimamente y con chances de un éxito real. 
 
 La gestión del Presidente Trump puede durar un corto tiempo o el período entero, pero difícilmente tenga éxito en su propósito de hacer de los Estados Unidos más de lo que ya es hoy día. Puede incluso, empequeñecer a la gran nación aún más de lo que hizo el ex presidente Obama con su internacionalismo culpógeno y cometer aún mayores errores en su política internacional. Los Estados Unidos sólo pueden conservar lo adquirido y desplegarse aún más, con un liderazgo mejorado de la globalización y no desentendiéndose de ésta. Este período intermedio de marcha atrás, pausa, y error conceptual en el liderazgo presidencial estadounidense, terminará y el avance hacia el futuro continuará, porque esa es la lógica de la historia estadounidense, anclada en un irrenunciable destino global.
 
Como el kirchnerismo, antídoto político autoinfligido por los argentinos durante más de doce años antes de recuperar la salud mental y regresar al camino correcto de una economía abierta al mundo, el Presidente Trump, desconociendo el mapa y con una brújula sin imán, llevará inexorablemente a sus compatriotas al camino del cual nunca debieron haber salido, en las antípodas del que él lamentablemente eligió. En el mientras tanto, los republicanos lúcidos tendrán la oportunidad de buscar soluciones globales al problema del desempleo y de algunas de las desigualdades sociales creadas por el inequitativo reparto de las ganancias del conjunto, y de reformar y aumentar las innumerables condiciones de igualdad que la globalización creó en el planeta. Los líderes demócratas, a su vez, deberán afinar sus ideas acerca de la economía global y la correlación de éstas con la política internacional, de modo de no cometer errores, a la vez que reafirmando y expandiendo globalmente su cultura basada en las libertades personales interesándose, por ejemplo, en la libertad de las mujeres en los países musulmanes. 
 
En el recreo de la globalización, esperando que la vacuna contra la desglobalización haga efecto, el mundo se seguirá preguntando, a través de los infinitos análisis de la Presidencia Trump y sus efectos, cuando volverán esos Estados Unidos multirraciales, multiculturales, en la cresta del desarrollo tecnológico gracias a la importación de millares de cerebros del mundo, a liderar el planeta y a sostener el avance global hacia una libertad y un crecimiento aún mayores. Seguramente, dentro de no mucho tiempo, si creemos en la persistencia de ese espíritu de libertad que los ha hecho pioneros, en América y en el mundo, a la vez del libre mercado y de las libertades individuales, y líderes de una globalización que aún cuenta con ellos. 
 

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