El atroz encanto del Ingreso Universal
Javier Milei
Es economista y coordinador de la Mesa de Economía de la Fundación Acordar.


Las libertades individuales suelen estar amenazadas por aquellos fatalmente arrogantes que intentan imponer a la sociedad su criterio de aquello que es moralmente superior. En este marco, es donde ha tenido lugar el nacimiento de la nueva joya socialista: el ingreso universal o ingreso ciudadano, el cual busca corregir la desigualdad emergente del avance tecnológico, conteniendo a desempleados vía redistribución del ingreso, lo cual, supuestamente haría aumentar el consumo y el crecimiento. Todo muy lindo, salvo por el hecho de tratarse de un disparate. Es un disparate por dos cuestiones: (i) surge de una premisa falsa (falacia luddita) y (ii) el inválido resultado se lo intenta corregir por la acción violenta del Estado a partir de una política fiscal redistributiva.
Veamos la falacia con un ejemplo. Supongamos que un fabricante de telas tiene conocimiento de la existencia de una máquina capaz de confeccionar abrigos, empleando tan sólo la mitad de la mano de obra que anteriormente se precisaba. Así, instala la maquina y despide a la mitad del personal. Parece a primera vista que ha habido una evidente disminución de la ocupación. Por otra parte, si bien la propia máquina requirió mano de obra para ser fabricada, dicho efecto no alcanza a compensar al mencionado.
Ahora bien, la incorporación de la máquina al proceso productivo le permite al empresario producir los mismos abrigos pero a menor costo, lo cual deriva en un aumento extraordinario de las ganancias. Frente a esta situación, este se podría emplear de tres maneras: ampliación de sus instalaciones y producir un mayor número de abrigos; inversión en otra industria por la vía del ahorro; e incremento de su consumo. Por lo tanto, cualquiera de estas tres posibilidades ha de producir demanda de trabajo. En otras palabras, como resultado de sus economías, el fabricante obtiene un beneficio que no tenía antes. Cada centavo ahorrado en salarios directos, por haber podido disminuir el importe de sus nóminas, ha de ir a parar indirectamente a los obreros que construyen la nueva máquina, a los trabajadores de otras industrias o a aquellos que intervienen en la construcción de una nueva casa, automóvil o cualquier otro tipo de bien que consuma el fabricante. En cualquier caso, proporciona indirectamente tantos empleos como los que directamente dejó de facilitar.
A su vez, los mayores beneficios para el productor atraerán competidores que imiten su accionar, por lo que no solamente se incrementará la demanda de maquinas, sino que además, al aumentar la oferta de abrigos, sus precios caerán, por lo que los consumidores podrán disfrutar de una mayor cantidad de abrigos. En definitiva, lo que debería quedar claro es que el fundamento económico que justifica la medida es falso, no sólo en lo teórico sino que también en el empírico, ya que si los ludditas hubieran tenido razón hoy en el mundo el desempleo sería del 85%.
Sin embargo, aún cuando uno dejara de lado el dislate luddita, el modo que se intenta utilizar para corregirlo es aún más aberrante, ya que la redistribución del ingreso utilizando el poder coactivo del Estado implica cambiar de modo violento lo que los individuos han distribuido voluntariamente en el mercado.
En primer lugar, habría que señalar que la imposición del ‘ingreso universal’ implica crear un derecho que alguien deberá pagar. Naturalmente, ello será financiado con nuevos impuestos, lo cual implica un nuevo avance del Estado sobre las libertades de los individuos para que los fondos sean usados por los hombres de las poltronas doradas.
Segundo, los impuestos causan daños directos e indirectos. Respecto a los directos, los impuestos a los innovadores exitosos reduce sus beneficios y con ello la inversión en innovación y el progreso tecnológico. Por otra parte, los efectos indirectos reducen o eliminan otros intercambios que podrían emerger. Por ejemplo si los genios del ingreso ciudadano hubieran actuado en la época de Edison, en un franco clamor por los fabricantes de velas, hubieran eliminado la electricidad y con ello productos como la heladera, el cine, la televisión y cuanto bien funcione con electricidad.
Tercero, los impuestos progresivos implican un trato desigual ante la ley, donde a los individuos se los castiga más que proporcionalmente por haber sido exitoso satisfaciendo las necesidades del prójimo, lo cual no parece muy justo.
En definitiva, si creen que la medida es tan buena, ¿por qué no proponen que la misma sea financiada voluntariamente? Por ejemplo, en Suiza, 77% de la población rechazó la media y en Finlandia que está en proceso ya existe disconformidad. Como sostiene Armando Ribas "el socialismo nace en la envidia, crece en el odio, produce la pobreza y distribuye la miseria" y aquí tenemos a varios intentando regresar a las cavernas.

Publicado en El Cronista.
 

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