Mr. trump y la inmigración
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.


Las barreras a la inmigración son viejas y con distinta intensidad han sido aplicadas en amplias esferas del planeta desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, la progresiva liberalización de los flujos migratorios ha constituido uno de las conquistas más nobles de las democracias liberales. Ha permitido a millones de individuos huir de la opresión y de la miseria en busca de una vida mejor y en líneas generales ha tenido un impacto positivo sobre las sociedades de acogida. Por tanto, la carga de la prueba para vedar el ejercicio de ese derecho individual debería recaer sobre quienes lo niegan. Esta afirmación tiene una especial relevancia cuando una nación, los Estados Unidos, forjada desde hace tres siglos por personas venidas de otras latitudes, pretende endurecer, por no decir impedir, la entrada de ciudadanos de otros países en su territorio no ya por razones económicas, cuestión discutible y discutida, sino también de raza y religión.
La estrategia anti-inmigración impulsada por la Administración Trump se basa en tres supuestos fundamentales, todos falsos: primero, la competencia de los inmigrantes, dispuestos a trabajar por salarios más bajos, reduce el nivel de vida de los trabajadores norteamericanos; segundo, buena parte de la inmigración está compuesta por buscadores de rentas cuya aspiración es beneficiarse de la asistencia social en lugar de trabajar; tercero, los inmigrantes nacidos en estados musulmanes o que profesan la religión islámica constituyen una amenaza para la seguridad de los EEUU. Sobre esas tres hipótesis, el nuevo inquilino de la Casa Blanca justifica el reforzamiento y la extensión de las barreas ya existentes a la inmigración que, a la vista de los objetivos perseguidos por la nueva Administración, deberían parecer suficientemente enérgicas. Permitieron la deportación de tres millones de personas entre 2000 y 2010.
En el caso de que los argumentos trumpianos fuesen ciertos, que no lo son, existen mejores soluciones para conjurar esos hipotéticos peligros. Si los inmigrantes quitasen empleos a los norteamericanos, cabría imponer los impuestos más altos o tasas para ser admitidos en el país y usar estos ingresos para compensar a los perdedores. Si constituyesen una pesada carga fiscal para los contribuyentes, podría hacérseles inelegibles para recibir beneficios sociales. Si son un peligro para la libertad, basta con negarles la nacionalidad y el derecho de voto. Si cometen delitos, van a la cárcel. Ninguna de esas opciones u otras similares es contemplada por el actual gobierno norteamericano y cualquiera de ellas contribuiría a disuadir los flujos migratorios no productivos o considerados indeseables.
Desde amplios sectores de la opinión se sostiene que sin obstáculos a la inmigración la oferta laboral crecería dramáticamente y los salarios norteamericanos caerían a niveles del Tercer Mundo. Aunque se asumiese esta tesis, ello no implicaría que los estándares de vida disfrutados por los trabajadores estadounidenses se deban a los muros legales impuestos a los flujos migratorios. En EE.UU.,el 87% de los ciudadanos mayores de 25 años tiene al menos títulos de educación secundaria y, por tanto, no sufre la competencia de la mano de obra inmigrante no cualificada. Una de las mayores falacias económicas es confundir el precio del factor trabajo con su coste, que depende de la productividad. Dicho esto, el grueso de los estudios disponibles sobre la materia muestra la irrelevancia del impacto de la inmigración sobre el conjunto de los salarios obtenidos por los nativos (Kerr S. and Kerr W., Economic Impacts on Inmigration: A Survey, NBER W:P, 2011).
La conjetura según la cual los inmigrantes son demandantes-consumidores netos de servicios sociales y, por tanto, hay que proteger y librar a los contribuyentes americanos de esos parásitos, tiene un frágil fundamento empírico. En EE.UU. el impacto fiscal neto de la inmigración es escaso.En realidad pagan en impuestos más de lo que reciben en concepto de transferencias por una sencilla razón: los principales receptores de las prestaciones del Estado del Bienestar son los viejos y los flujos migratorios están conformados por jóvenes. En cualquier caso, ya se ha comentado, si ese fuese el problema, la solución es vedar su acceso a los programas públicos de bienestar social y/o, por ejemplo, no permitir la reagrupación familiar en el país anfitrión.
La identidad inmigración-terrorismo es burda y obscena. En primer lugar, el grueso de los inmigrantes legales e ilegales en EE.UU. no está compuesto por musulmanes, sino por católicos latinoamericanos cuya atracción hacia el islamismo radical es perfectamente definible. Por añadidura, los costes de la entrada en América para la potencial inmigración ilegal iberoamericana, asiática y africana son sencillamente prohibitivos. En segundo lugar, la efectividad de los controles fronterizos para combatir el terrorismo es baja. En 2015, unos ochenta millones de turistas llegaron a América del Norte, la mayoría a EEUU. Cualquiera de ellos con suficientes recursos, habilidad y audacia podría realizar un atentado sin necesidad de cavar un túnel bajo la frontera mexicana o saltarse el nuevo muro de la vergüenza que pretende construir Mr. Trump.
Para terminar existe una manifiesta incompatibilidad entre la política proteccionista de Trump y la inmigratoria. La curva de oferta y demanda entre el comercio y los flujos migratorios no es rígida, sino elástica. Si los bienes manufacturados en México a un coste salarial inferior al de su producción en EEUU pueden entrar libremente en ese país, los incentivos para que los trabajadores mexicanos se desplacen a América tenderán a reducirse. En contraste, si los aranceles cierran el mercado norteamericano a la importación de productos mexicanos, el atractivo de emigrar a EEUU para los nativos del antiguo Imperio Azteca crecen. En suma, el proteccionismo incrementa las presiones inmigratorias y con especial intensidad, cuando existe una acusada brecha de PIB per cápita entre dos estados fronterizos.
Quizá para comprender a Trump hay que leer su libro The Art of Deal (El Secreto del Exito, en su traducción española), una especie de manual de autoayuda que hace del instinto la clave de su peculiar visión del mundo. Quizá esta facultad sea y sin duda es un instrumento útil en las negociaciones con promotores inmobiliarios, con las autoridades urbanísticas locales y, a veces, en otras facetas de la vida, pero no parece ser la mejor fuente de inspiración para el diseño y ejecución de las políticas planteadas por el líder de la primera potencia mundial. Por añadidura, esa filosofía tiene una derivación peligrosa, a saber, la manipulación y subordinación de cualquier hecho o realidad al servicio de lo que sea necesario para realizar los mandatos lanzados por el instinto. En eso estamos...



Este artículo fue originalmente publicado en El País (España) el 12 de febrero de 2017.
 

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