Federer: Las lágrimas del mejor
Rogelio López Guillemain

Autor del libro "La rebelión de los mansos", entre otras obras. Médico Cirujano. Especialista en Cirugía Plástica. Especialista en Cirugía General. Jefe del servicio de Quirófano del Hospital Domingo Funes, Córdoba. Director del Centro de Formación de Cirugía del Domingo Funes (reconocido por CONEAU). Productor y conductor de "Sucesos de nuestra historia" por radio sucesos, Córdoba.



Un ejemplo de vida.
 
“La educación ayuda a los niños, permitiéndoles decidir su propio futuro de forma activa. En muchos países, esta posibilidad no está al alcance de la mayoría de los niños. Mi fundación se ha comprometido a dar a estos niños la oportunidad de tener una buena educación”, afirma un Federer que lleva invertido más de 13 millones de euros en ello.
Conforme más nunca satisfecho.  Estas cuatro palabras, quizás sean la síntesis perfecta de quien
trasciende la frontera del tenis y del deporte en general; Roger Federer.
 
Clara imagen de superación y de búsqueda de la excelencia en todos los ámbitos de la vida, “el maestro” no ha dejado de reinventarse y de fijarse nuevas metas, tanto dentro como fuera de las canchas.
 
Un dotado para el deporte.  Practicó durante su niñez a la par, baloncesto, bádminton, tenis de mesa, fútbol (en las inferiores del FC Basel) y tenis; deporte por el que finalmente se volcó en forma exclusiva recién a los 14 años.
 
Con un carácter insoportable, cada error que cometía, despertaba su ira descontrolada, la que lo llevó a romper un sinnúmero de raquetas.  Hasta que un día llegó a su vida Peter Lindgren, con quien logró aprender a controlar su genio.  Esta fue, seguramente, su primer gran victoria.
 
En la cancha, “su majestad” es inigualable; no hay record que no quiebre y sus principales adversarios sólo tienen palabras de elogio para con él.
 
“Todo es perfecto en él”, asegura Rafael Nadal; “Federer es un verdadero artista” comenta Björn Borg, mientras que Pete Sampras afirma que “era una leyenda y ahora es un ícono. Es el más grande”.
 
Jimmy Connors lo resume diciendo que “Han llegado a decir que, en una época donde hay especialistas de cada superficie, o eres un experto en tierra batida, un experto en hierba, un experto en asfalto, un experto en moqueta, o eres Roger Federer”.
 
Pero su vida no termina en el deporte, su calidad humana lo enaltece aún más.
 
En 2011 fue elegido como el segundo ser humano más confiable y respetado del mundo, sólo superado por Nelson Mandela; fue elegido por los aficionados, como el tenista favorito de la temporada durante 15 años consecutivos (2003-2017) y ha ganado el premio a la deportividad Stefan Edberg en 13 ocasiones.
 
Participó en innumerables organizaciones benéficas, hasta que en el 2003, crea su propia fundación; la cual se dedica principalmente, a financiar proyectos dirigidos a fomentar la educación de niños del África.  Tal como confesó Roger Federer, la fundación aspira “a alcanzar a un millón de niños hacia 2018” dentro de sus programas educativos.
 
Siempre dispuesto a auxiliar a quienes sufren desventuras, como en el maremoto de Japón del 2011, las víctimas del huracán Katrina, el tsunami en la India, el terremoto de Haití o participando en innumerables mensajes que buscan aumentar la conciencia pública sobre el SIDA.
 
Se casó con Mirka Vavrinec y al festejo concurrieron como invitados, familiares y amigos íntimos; austero, consecuente con su persona.
 
De bajo perfil, sin estridencias, sobrio, moderado, modesto; tantas condiciones de persona de bien que enaltecen a este deportista; quien, parado en la cima, no deja de comprender el vacío que significa tener una vida frívola, la pobreza de las pasiones sin valores éticos y morales, la miseria de la existencia sin conciencia. 
 
Pero también comprende, el valor del esfuerzo, por ello no regala nada, sino que brinda oportunidades; y reconoce el valor de la educación, única herramienta capaz de terminar con la pobreza física y mental.
 
Este hombre, este caballero, este Señor; que se emociona y nos emociona hasta las lágrimas al conseguir su vigésimo Grand Slam; con un llanto sincero y sentido, llanto que intentó contener con el pudor de un grande; son las mismas lágrimas, honestas y genuinas, que rodaron hace casi quince años, cuando ganó su primer Grande y que son la prueba del espíritu humano que nos eleva y conecta con el desafío de ser la mejor versión posible de nosotros mismos.
 
Roger Federer, gracias. 
 

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