La otra mejilla
Diana Ferraro
Escritora


Una de las cualidades del actual gobierno es la de permanentemente evitar las confrontaciones, eludiendo con sobriedad a los enemigos que buscan pelea e incluso, en un modo tan zen como cristiano, ofrecer la otra mejilla con una calma inhabitual en la política argentina. Aunque muchas veces los enfrentamientos son provocados por los propios errores de comunicación o de conducción, esta voluntad de pacifismo del gobierno merece una consideración especial.
 
En efecto, en una Argentina que parece condenada a sus tradicionales defectos de violencia, intransigencia, impaciencia y reiteración de estrategias y tácticas fallidas, tener un gobierno paciente y abierto al diálogo permite imaginar un camino nuevo en el cual se alienten estas mismas cualidades en la población y en las dirigencias no gubernamentales.
 
La tragedia argentina hecha de avances seguidos de retrocesos brutales puede bien haber terminado, si los cambios se plantean en el nuevo y previamente insospechado nivel de un diálogo abierto y colectivo. El gobierno podrá equivocarse en todo, pero esto no importará si se puede corregir cada error en forma consensuada, evitando el facilismo de las posiciones opuestas e irreflexivas.
 
Si miramos el pasado de las últimas décadas de vida democrática, podemos advertir claramente que el mal no estuvo en ésta o en aquella política sino en la falta de plasticidad y decisión consensuada para corregir el rumbo y/o las crisis. En todos los casos, aún en la sustitución electoral democrática, esta clásica locura de a dos, es la causa principal del estancamiento y deterioro de la vida nacional, con sus dos bandos enfrentados por políticas radicalmente opuestas y fatalmente enlazados sin poder predominar jamás por largo tiempo y sin poder tampoco prescindir del otro (lo que algunos llaman equivocadamente “efecto péndulo”).
 
El gobierno ha usado también a veces esta estrategia de confrontación para obtener un beneficio electoral pero intuitivamente, en su conducta de todos modos pacífica, parece tener amplia conciencia del salto de calidad que es necesario en la conducta colectiva para poder progresar, salto que debe inspirar y liderar.
 
Algo está sucediendo en un nivel profundo.
 
El cansancio de todos frente a los políticos, el mayoritario rechazo por la violencia generalizada y por la pasada delincuencia en los niveles más altos del Estado señala quizá un principio de madurez colectiva. Gobernantes y gobernados pueden estar ya listos para un debate a otro nivel, en el cual se dialogue sobre las alternativas del destino colectivo, ya sea en la vida comunitaria, en la economía, en la educación, en la seguridad y en todas las áreas que requieren ya una decisión urgente acerca de los qué, los por qué y los cómo.
 
Nunca, salvo quizá inmediatamente después del regreso del General Perón y su abrazo con Balbín—¡ah, si los militares hubiesen sido honestos y se hubiesen plegado al abrazo!—estuvimos tan cerca de una reconciliación profunda surgida del reconocimiento del interés común. Al contrario de lo que se cacarea en los medios acerca de la brecha—o sea, de los bandos opuestos eternamente enfrentados—más bien asistimos a los momentos previos a una unión profunda, no derivada de ninguna ideología ni de la conducción maravillosa de un líder iluminado, sino de la más absoluta y desesperante necesidad nacional. Ya no tenemos resto, ni tiempo, y todos, pensemos lo que pensemos, sabemos que hay que hacer las cosas bien.
 
¿Habremos aprendido que no es sólo tarea del gobierno hacer las cosas bien sino que es tarea de todos? ¿Podremos dejar de pensar que este país no tiene remedio y que sólo somos un despreciable conjunto de gente heterogénea incapaz de vincularse inteligente y productivamente en todas las áreas de decisión y, en cambio, creer más en nosotros como una suma grata y comunitaria del yo y los otros? ¿Seremos capaces de cerrar la boca antes de quejarnos por  algo que hace mal el gobierno y, en cambio, señalar con conocimiento y autoridad cómo sería hacerlo bien y animarnos a discutir y proponer o, por lo menos, a pedir explicaciones consistentes a los dirigentes y comunicadores?
 
Es muy posible que, si comenzamos a ser conscientes de esta nueva posibilidad a nuestro alcance, abierta por un gobierno calmo y capaz de escuchar y considerar caminos alternativos para sus errores, veamos en muy poco tiempo la luz de una legítima esperanza basada en la realidad.
 
Esto sería lo diferente a nuestro pasado y el verdadero comienzo de nuestro postergado futuro. Los años macristas serán así, históricamente, los del pasaje de la adolescencia a la resistida madurez.
 

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