Dejar hacer y construir por fuera
Diana Ferraro
Escritora


Muchas son las dudas que el actual gobierno del Presidente Macri presenta a la mayoría de los argentinos, quienes, lo hayan votado o no, no pueden terminar de definirlo con absoluta certeza. Así, se oscila entre la silenciosa paciencia frente a la falta de una oposición alternativa, el hartazgo declamado frente el país y su incorregible clase dirigente, o la schadenfreude ante un eventual fracaso que permitiría regresar al inmediato pasado. Las reacciones frente a las políticas del gobierno pueden ser diversas pero, sin embargo, todas tienen algo en común: la persistente convicción de que el destino del país depende del gobierno de turno y no de las acciones privadas de cada uno de los argentinos.

Este gobierno, opuesto en esto al que sucedió, se caracteriza por un absoluto dejar hacer en materia de opinión privada y pública. Se dice y se publica todo. El gobierno responde en general a lo que la opinión pública manifiesta a través de los medios de comunicación o en la voz de personalidades que dejan oír su mensaje, sin que pueda registrarse más violencia que la de los típicos vaivenes de toda relación política entre gobernantes y gobernados. Las rispideces se absorben y pasan, dejando lugar a otras nuevas que cumplen el mismo ciclo. Sin embargo, las dudas colectivas acerca de la médula del programa gubernamental persisten y agobian a través de la diaria avalancha informativa.

Las preguntas acerca de si el gradualismo en la macroeconomía era la vía correcta o si las políticas elegidas sólo tienen la mira puesta en la reelección, continúan apasionando a un periodismo que aún no ha descubierto al principal actor en la comedia de enredos de la política argentina y el único que no debería tener este tipo de dudas: el pueblo. Ese pueblo, nombrado como abstracto y, no obstante, personificado en cada uno de nosotros.

¿Qué dice el pueblo argentino en su voz colectiva o en las voces particulares que surgen de sus entrañas para representarlo? Muy poco por sí mismo o nada que no haya escuchado antes en boca de los dirigentes, de la radio, la televisión, las poco espontáneas redes sociales o los periódicos. Ese actor colectivo, principal responsable de la conformación de los partidos políticos y votante de los candidatos presentados por éstos, ese actor colectivo que hoy no sabe y duda, no se ha mirado aún al espejo. No ha descubierto aún que la respuesta a sus dudas no está en el gobierno, sino en la formulación propia e informada del destino común. El “pueblo”, así, pueblo en su variopinto conjunto, no se ha dado aún los instrumentos para su propio análisis y, por lo tanto, carece de las necesarias certezas en sus propias metas. No puede así confrontar las dudas sobre el accionar del gobierno con sus propias metas y verificar si el gobierno las cumple o las obstruye. Esta característica en la relación entre gobernantes y pueblo, en la cual unos adivinan y hacen y otros miran y padecen, es la explicación última del fracaso argentino como Nación. La relación correcta, cumplida por muchos otros pueblos exitosos, es la de gobernantes que ejecutan lo que el pueblo le marca como metas propias.

El pueblo argentino, ya sea que se manifieste como apolítico, liberal, radical o peronista, no ha tomado aún debida conciencia de que la pobreza conceptual y representativa de sus partidos políticos, la confusión pública acerca de cuáles son los problemas reales del país y los verdaderos efectos de cada posible política para solucionarlos, el empantanamiento en el barro de los clichés ideológicos, y la relativa oscuridad acerca del destino personalizado de Nación, son de su exclusiva responsabilidad.

Con mayor precisión, son estos rasgos negativos los que producen una clase dirigente que replica las carencias intelectuales de base y es sobre estos rasgos colectivos negativos sobre los que hay que trabajar. Es, por lo tanto, más en las organizaciones privadas para el análisis de los problemas y políticas públicas que hay que poner el acento y no en el gobierno. 

Si algo se puede hoy reprochar con justeza al actual gobierno es que, en su etapa civil y privada previa al acceso al gobierno, no haya dotado a sus varias fundaciones con el rigor necesario para analizar y desmenuzar los problemas nacionales allí donde el Estado debe reformar y remodelar, y que el público en general y las organizaciones financieras, productivas y sindicales no hubiesen sido llamados a contribuir en dicha tarea con más recursos materiales e intelectuales. Si el trabajo hubiese sido hecho con seriedad seguramente hoy veríamos algo mucho mejor que un programa gradual y una gestión bienintencionada pero mediocre. Incluso quizá asistiríamos a la revelación última de un viejo deseo nacional reprimido, el del federalismo, y a la postergadísima construcción de un régimen fiscal federal perfecto—semilla del único desarrollo argentino genuino posible—y no al zurcido habitual de coparticipaciones en la inútil frazada centralista que ya no abriga a nadie.

Que hoy el gobierno haga lo que sepa y puede, y que las diversas y desorganizadas oposiciones hoy sólo se planteen a su vez hacer mañana lo que sepan y puedan, perpetuará el fracaso de fondo. Desde las últimas bases de la pirámide social hacia la cima, hay que pensar y decir, y aprender a formular con claridad los problemas; el instrumento: nuevas organizaciones privadas sin fines de lucro destinadas a estudiar a fondo la estructura general de la Argentina y las modificaciones precisas a realizar en su aparato estatal y en la legislación.

Este trabajo de diagnóstico preciso se ha comenzado muchas veces en las etapas preelectorales, en forma acotada y con escasísima participación popular, pero rara vez se ha extendido hacia los planes específicos de acción, ya no enunciados en sus titulares, sino detallados y listos para la ejecución. El verdadero cambio argentino sucederá cuando el mismo pueblo genere organizaciones privadas para el estudio, análisis y preparación de planes específicos, sabiendo que quien manda—el pueblo—debe saber siempre más que sus servidores—los políticos. A menos que se prefiera resignar la posición de mando en los servidores, invirtiendo la relación natural, que es exactamente lo ha que sucedido en la Argentina durante muchísimo tiempo, a pesar de las sucesivas revoluciones democráticas.

El fin último de la creación de estas organizaciones privadas de alta participación popular sería el de permitir que el pueblo argentino eleve su nivel de conocimiento de su propia realidad y se una en la conciencia de un destino común, en la claridad racional acerca de los problemas y sus posibles soluciones, y en la confianza de que, sabiendo dónde está y a dónde quiere ir, llegará. Invirtiendo la relación pasiva entre gobernantes/periodistas que “saben” y público que absorbe pasivamente lo que se le dice, facilitar la creación de infinitos focos presenciales donde se debata, razone y deduzca activamente, haciendo de gobernantes y periodistas los sujetos pasivos destinados respectivamente a ejecutar o reportar.

Obtendríamos así una relación comunitaria entre gobernantes y gobernados más sana y productiva, de la cual por lo menos tenemos una intuición profunda, ya que en los últimos años el colectivo periodístico tomó el rol vacante y representó a los gobernados pasivos. Pero, el periodismo no es sino una minúscula fracción del pueblo que aún no ha decidido mandar por sí mismo, y de ahí lo acotado de su éxito.

En contra de la opinión generalizada, se puede asegurar que no es la “brecha”, lo que más desordena a la comunidad argentina. Es, más bien, la gran ignorancia colectiva acerca del propio rol como pueblo en la construcción de una nación moderna y viable. La resistencia, en fin, a asumir el mando del propio destino.
 

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