¿Liberal-peronismo o peronismo-liberal?
Diana Ferraro
Escritora


En la Argentina la incertidumbre ya no se reduce sólo al peronismo sino que abarca también a la coalición gobernante. En su tercer año de gobierno, el PRO que se definía como liberal, hoy debe hacer esfuerzos para que no se lo confunda con un partido poco claro en su doctrina o con escasa convicción para sostener la anterior. Tampoco el PRO ha demostrado la necesaria inmersión en las masas más postergadas ni la capacidad para aportar nuevos instrumentos de contención y promoción aptos para canalizar esa energía social habitualmente cliente de cualquiera de los peronismos vigentes.
 
Muchos suponen que esta situación es ideal para ser aprovechada por ese peronismo unido y fantasmal al que todos aquellos que se le oponen temen, sin advertir que los peronismos son demasiados y que por motivos de confusión doctrinaria bastante similares a los del PRO, tampoco generan la renovación instrumental necesaria para hacer un peronismo eficaz. Es decir, un peronismo que cumpla con sus metas sociales dentro de un marco liberal, un marco que continúa a ser explícitamente rechazado por la mayoría de los cuadros de cualquiera de los peronismos.
 
El panorama internacional tampoco ayuda. Destrozada cualquier política de libre mercado a nivel global por el actual presidente de los Estados Unidos, el mundo también está confundido acerca de cuáles hoy son los instrumentos adecuados para el crecimiento económico y la contención de las cada vez más numerosas masas desplazadas o por la guerra o por economías que no llegaron a emerger en la primera etapa de la globalización. El caos del mundo occidental continua confundiendo a unos y a otros, ya que por ahora sólo beneficia a quien hábilmente se ocupó de promoverlo, no tanto por falta de fe en ese orden global, como por la necesidad de encontrar un lugar más predominante en éste (ah, ¡trágica Rusia que nunca puede ser la cabeza de Europa...!).
 
 Por lo tanto, a los argentinos sólo nos queda aguzar el ingenio y estudiar la trama de nuestras opciones.
 
Si es verdad que el orden global está crisis no de disolución, sino de reacomodamiento de las potencias que aspiran a dirigirlo, entonces no es el mercado global lo que se discute y ni siquiera la libertad de mercado, ya que los juegos nacionalistas de tarifas y tasas sólo representarían un momentáneo juego táctico de reposicionamiento estratégico. Por lo tanto, cualquier país que desee emerger, continuar emergiendo, o crecer sostenidamente, no puede ampararse en otra cosa que una macroeconomía liberal, en consonancia con el siempre vigente mercado global, y sin confundir los escarceos nacionalistas temporarios, con un giro radical en la economía global.
 
La Argentina no puede sino, entonces, tener otra economía que no sea una economía liberal. Cuánto más pronto la tenga y cuánto más nítida sea ésta, más rápido y eficiente será el crecimiento.
 Por otra parte, con un treinta por ciento de pobreza, la Argentina no puede hacer otra cosa que declarar una guerra total a la pobreza, comenzando por ocupar el territorio de ésta—la inmensa masa de desamparados tradicionalmente peronistas—y labrar para y con ellos un camino de rápida integración y ascenso social. Es decir, la Argentina no puede hacer otra cosa que un eficiente peronismo real.
 
Si los actores políticos que van a la opción en 2019 son Cambiemos y el Peronismo, no tendrán ninguna chance de gobernar bien si ambos no atienden a esta necesidad insoslayable de ser a la vez liberal y peronista. Que Cambiemos haga Liberal-Peronismo o el Peronismo haga Peronismo-Liberal importa poco, con tal de que alguno de los dos entienda qué es lo que en realidad la Argentina reclama sin poder siquiera expresarlo correctamente. Ya lo sabemos: el liberalismo y el peronismo son los dos viejos antagonistas, los protagonistas de la única brecha real de la que valdría la pena hablar (y no de la brecha Cambiemos-Kirchnerismo que no ha hecho sino oscurecer las opciones reales, confundiendo aún más a votantes y dirigentes).
 
Así, las elecciones de 2019 las ganará aquel que entienda la naturaleza del verdadero enfrentamiento argentino, anclada en un pasado que ya había sido ampliamente superado, y se entere, una vez más—porque  esta tarea ya había sido hecha en los años 90—de que es posible reconciliar los dos términos. El liberalismo y el peronismo no deberían estar enfrentados sino aliados en la más inteligente de las combinaciones.
 
La estrategia liberal para crecer; la estrategia peronista para arrancar de la anomia, el desamparo y la falta de salud, educación y trabajo a dos generaciones (por lo menos) abandonadas a su suerte. Nos ocupamos en estas mismas columnas de posibles planes de acción social que incluyan a organizaciones privadas (en primer lugar los sindicatos) e incluso acepten la ayuda de unas Fuerzas Armadas hoy sin misión militar y que podrían tener una gran participación en la reorganización, relocalización y formación educativa y laboral de millones de jóvenes, varones y mujeres, hoy sin destino, y con esto borrar, además, para siempre, el recuerdo de unas fuerzas armadas desbordadas, destructivas y finalmente tan antinacionales como aquellos a quienes combatían.
 
La Argentina tiene la desgracia de haber sido mal gobernada y en forma muy confusa, durante estas últimas dos décadas, pero la inmensa suerte de tener dos tradiciones poderosas: una tradición liberal, ideal para tener el mejor de los lugares posibles en el escenario global y una tradición peronista, ideal para levantar de la pobreza a inmensas masas sin destino y convertirlas en una generación en pueblo de clase media. Su tragedia interior es no haber sido, hasta los años 90, capaz de unir estas dos tradiciones y, a partir del nacimiento del nuevo siglo, haber vuelto al pasado más lejano, desuniendo lo que había costado tanto unir. Tiempo, sangre, dinero, guerras de todo tipo, pérdidas de toda clase, incluyendo el orgullo y la dignidad nacional, que hoy sentimos hasta en el fútbol... Esa es la secuencia de nuestra historia reciente, aún no cortada de cuajo, como se debería, para sanar.
 
¿Vale la pena persistir en las discusiones equivocadas o en los programas partidarios siempre parciales. cuando no escamoteadores de la verdad? ¿O convendría introducir audazmente en la discusión pública, la idea de que la Argentina sólo se salvará con un programa a la vez liberal y peronista?  Liberal-Peronista o Peronista-Liberal, no importa. En ambos casos, sólo cambiará el liderazgo nominal: el programa será el mismo y el mundo ya no dudará de los argentinos, todos dueños de una única y misma Argentina con un derrotero aceptado por todos.
 

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