Échale la culpa a Río
Alejandro A. Tagliavini
Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland (California). Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.



 
               Pese a las duras críticas de Trump, y mientras se espera el discurso del nuevo presidente de la Fed -en Jackson Hole este viernes por la mañana-, los analistas coinciden en que entre el 25 y 26 de septiembre se anunciará un alza en las tasas de 25 puntos básicos desde el rango actual del 1,75% y el 2%. Y esto probablemente suponga una mayor fortaleza para el dólar.

             A nivel local, la escasa exportación cerealera dado que se acerca el fin del ciclo productivo y la devaluación del real que puede afectar la balanza comercial con Brasil, no ayudan a sostener al peso. Pero decir que la moneda local se devalúa por la caída de la divisa brasileña no resiste ningún análisis.

            El peso cayó casi 70% con respecto al dólar en lo que va del año, mientras que el real “solo” 20%. El euro llegó a intercambiarse por 1,25 dólares en febrero de 2018, pero después de la divergencia entre la Fed -que desplegó en marzo un plan de subidas de tasas-, y el Banco Central Europeo -que no las tocará hasta, al menos, el verano de 2019-, el dólar arrancó un rally alcista de un 7% frente al euro. En los últimos 12 meses la divisa estadounidense subió 2,5% respecto a la cesta de sus seis cruces más importantes.

           O sea, claramente el peso cae mucho más no debido a factores externos sino a su propio peso: el crecimiento de la base monetaria al 31% en un contexto de contracción de la demanda, o sea, una inflación galopante. A ver, inflación es la sobre oferta de moneda sobre la demanda del mercado, en tiempo real, provocando su depreciación.

          Es errado el Principio de Taylor, que dice que la inflación se combate con incrementos de las tasas de interés nominales de modo que el tipo de interés real (descontada la inflación, como lo definió Irving Fisher) aumente y la demanda de crédito se contraiga. Como también es errada la teoría neo fisheriana según la cual, a la inversa, para reducir la inflación el banco central debe bajar las tasas nominales de manera que el crédito laxo promueva la producción.

        Ambas teorías son destructivas porque distorsionan la tasa de interés natural -la que el mercado propone como equilibrio entre consumo e inversión necesarias para una economía eficiente- y su error se basa en creer, como el neoclasicismo, que el mercado es estático y que la inflación es un exceso de moneda circulante y que, por lo tanto, absorbiéndola se reduce la inflación.

        Pero el mercado es dinámico, no estático, y la inflación se produce en tiempo real al emitir exageradamente. Una vez producida la inflación ya no hay exceso de moneda en el mercado que ha quedado equilibrado tras la -inflación- depreciación del signo monetario. Con lo cual, extraer dinero de un mercado ya equilibrado es extraer recursos productivos dañando el desarrollo lo que, irónicamente, disminuye la demanda de dinero aumentando -la inflación- el spread con la oferta.

          Hoy, la “inflación” esperada para los próximos 12 meses ya llega a 35,3% según la Universidad Torcuato Di Tella. Por cierto, superaría la meta de 32% acordada con el FMI con lo que el Gobierno deberá “escuchar” las propuestas de estos burócratas multi estatales, que serán destructivas. A ver, es incoherente creer que el FMI tiene políticas pro mercado. Si fuera cierto, debería empezar por proponer su propia privatización desde que el mercado no admite bancos estatales. Y la realidad histórica es que este organismo siempre ha propuesto medidas destructivas del mercado, como aumentos de impuestos.

         Por cierto, demagógicamente se propone aumentar la carga fiscal a los ricos cuando la realidad es que, todas las cargas fiscales, terminan recayendo con más fuerza sobre los más pobres ya que los ricos necesariamente los derivan, por ejemplo, subiendo precios o bajando salarios.

         Así las cosas, no es serio decir que en 2019 el PIB va a crecer, no hay argumento racional alguno para esta afirmación. Por el contrario, si el sector estatal sigue aumentando su parasitismo vía impuestos, tasas altas e inflación, expoliando al mercado -que es el que produce la riqueza- el PIB va a caer. Y ya no hay margen para inflarlo con créditos dado que la deuda total contraída por Macri ya supera los US$ 200.000 M -mucho más que lo dilapidado en corrupción- y resulta imposible repetir esta cifra.

         Como muestras de que la economía va mal, señalemos que esta semana la tasa de financiación que estableció First Data -licenciataria de MasterCard- ya pasa el 100% anual desde las 7 cuotas. Y, según el CERX, la tendencia de inversión de las pymes acumula una baja del 32,9% en lo que va del año. Así, el 81,4% de las industrias cree que la producción se mantendrá o continuará cayendo.

          Sí funciona la fuga de capitales. En los primeros 7 meses, la Formación de Activos Externos (FAE) llegó a US$ 20.027 M, camino de superar el récord del 2008, cuando se fueron US$ 23.048 M. La cuenta corriente tuvo un rojo de US$ 1.156 M en julio, profundizando la salida de dólares. Además, fue el cuarto mes consecutivo en el que las inversiones financieras tuvieron salida neta de US$ 1.064 M. O sea, al agujero externo real, que son las importaciones y el turismo, se le sumó lo financiero.
 
 

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