El imperativo de modernizar el Estado
Alberto Medina Mendez
Periodista. Titular de "Existe otro camino"



No es un tema de coyuntura, pero atraviesa la cotidianeidad cívica de una manera brutal. El presente esta inundado de una infinita burocracia y de una lentitud crónica, abundan los escollos de todo tipo y las soluciones demoran demasiado.
 
Que el Estado en todos sus niveles es ineficaz y además muy ineficiente, ya no está en tela de juicio. Son pocas las aristas en las que se puede identificar cierta dosis de celeridad y alguna capacidad para resolver problemas específicos cumpliendo con expectativas razonables.
 
Habrá que decir que esta descripción alcanza con amplitud a los municipios, a las provincias y también al ámbito federal. Obviamente que existen matices, pero el cuadro general es muy preocupante y debería alarmar.
 
En ese contexto hoy se pueden individualizar dos tendencias muy claras en lo que respecta a esta temática. Por un lado, están aquellos que han adicionado esta matriz a sus agendas políticas y vienen dando algunos pasos, y por el otro aparecen los que ni siquiera han tomado nota de ello.
 
Es importante, a estas alturas, qué a los funcionarios de los gobiernos jurisdiccionales, sin importar su tamaño y relevancia, encaren este desafío con premura para dar respuestas a tantas demandas ciudadanas.
 
Es cierto que algunos políticos han incluido esta clase de tópicos en sus discursos porque existe una impronta que va en esa dirección, sobre todo en aquellos que aspiran a convertirse en innovadores y de avanzada.
 
A otros directamente no les interesa este punto, porque entienden a la política desde una perspectiva tradicional y consideran que pueden seguir ganando votos con las técnicas de siempre, sin necesidad de renovar nada.
 
Lo que muchos dirigentes no quieren comprender es que modernizar el Estado ya no es una opción para analizar en base a evaluaciones sobre su eventual impacto sino un imperativo que es muy difícil de eludir.
 
La sociedad, con sobrados motivos, pretende soluciones concretas a sus inconvenientes reales, a esos que aparecen permanentemente en su vida diaria y que efectivamente necesitan ser resueltos del mejor modo posible.
 
El progreso tecnológico no puede ser ignorado eternamente. En estos tiempos, prescindir deliberadamente de las herramientas que están al alcance de la mano a tan bajo costo sería una picardía, casi un pecado.
 
No resulta lógico que una persona deba ocupar largas horas de su vida para hacer tramitaciones recorriendo innumerables oficinas y llevando documentación impresa en papel, para cumplimentar requerimientos gubernamentales como si aun se estuviera transitando el siglo XX.
 
Sin embargo, se podría confeccionar una extensa lista de ejemplos en los que dichas gestiones se siguen realizando casi como siempre, haciendo de cuenta que los años no han transcurrido y que nada nuevo se ha inventado.
 
No solo hay que pensar en lo que la tecnología ha cambiado, sino que también se deben y pueden modernizar procesos que deben ser revisados en profundidad porque ya no tienen justificación alguna para perdurar.
 
Este parece ser el momento adecuado para encarar ambiciosos proyectos que involucren la incorporación sistemática de todos los avances disponibles para una mejor gestión de resultados desde las esferas gubernamentales.  
 
No importa si los que gobiernan están convencidos de que este es el camino, o no lo están. Lo que hoy vale es que la gente que paga impuestos y que luego debe votarlos, pretende que esto evolucione significativamente.
 
Las excusas acerca de la falta de recursos para abordar esta dinámica no solo son falsas, sino que omiten qué justamente modernizando el Estado, se ahorra mucho y se convierte entonces en una ventaja adicional valiosa.
 
Para iniciar este proceso hace falta una férrea convicción, una determinación política a prueba de todo y un entendimiento acabado de que este recorrido es inexorable y no hay ningún margen para retroceder.
 
Hay que asumir que esta tarea derramará sobre toda la gestión, mas tarde o mas temprano, que sucederá ahora o después, con la conducción actual o con la que viene luego, pero no caben dudas que por aquí pasará el futuro.
 
No se trata de cuestiones ideológicas. Ningún sector de la política puede hacerse el distraído frente a lo que brota espontáneamente como consecuencia de las necesidades del presente que ya no se pueden ocultar.
 
En todo caso, los lideres, pueden decidir si tomar esta posta ahora o dejar que otras facciones se apropien de esta bandera y capitalicen luego electoralmente esos logros que mejoran la calidad de vida de la gente.
 
Es vital ponerse los pantalones largos para tomarse muy en serio esta posibilidad, respetar a los ciudadanos, quitar trabas ridículas y agilizar todo para que el Estado sea un facilitador, ya no debería estar en discusión.
 
Lograr acuerdos para ocuparse de esto no parece una utopía, ni algo inviable de iniciar hoy mismo. Hay que poner el tema en el tapete, darle prioridad, estudiar como hacerlo e implementar esos cambios que redunden en beneficio de una comunidad que se queja sin ser escuchada.
 
 
 

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